Visiones terrenales: la sierra de Busa

A mí me ocurre muy a menudo que, en una situación de estrés, mi mente sueña con las montañas. El sonido de los pájaros, una suave brisa, el sol resplandeciente, el silencio. Todos necesitamos un lugar en el que evadirnos del ruido de la ciudad o de la rutina de la vida cotidiana. Para mí, ese lugar de confort me lo proporciona mi casa, por supuesto, pero también mi lugar preferido de todo el mundo: la vall de Lord. Muchas veces necesito evocar sus paisajes para relajarme, para impregnarme de nostalgia. Volver a la calma, a los momentos felices de mi vida. ¿Cuándo podré volver? Me pregunto. No lo sé, pero la simple evocación ya me hace feliz. Ya véis, casi siempre con poco basta. 

Es la fuerza de la naturaleza a la que siempre recurrimos cuando es necesario para escapar de la civilización y del mundo moderno, que cada vez nos aprisiona más. Últimamente siento la necesidad de volver a los orígenes, de llevar una vida simple. El despojarme de las cosas innecesarias; el cocinar con ingredientes naturales; el llevar la naturaleza y el minimalismo al día a día en una pequeña ciudad. Lo sé. Me encanta el movimiento slow life, la tradición, el pasado. Quizá por eso me hice historiadora, para poder estar más cerca de nuestros ancestros. A día de hoy, lo siento con mucha fuerza. Por eso, ahora más que nunca me gusta recordar aquellos momentos en los que voy a Sant Llorenç de Morunys, el pueblo de mi padre, de mis abuelos, de mis bisabuelos... De donde procede la mitad de mi familia y donde pasé una infancia maravillosa. Y porque, además, es un lugar precioso.


Una de las excursiones que hicimos el verano pasado fue a la sierra de Busa, desde donde, como podéis ver, se contempla una extraordinaria panorámica de toda la vall de Lord, la sierra de Ensija, el Port del Comte, el Cadí, el Pedraforca, Sant Llorenç de Morunys, Guixers y el Santuari de Lord. Estas montañas del prepirineo están situadas a 1500 metros de altitud y tienen su propia historia. Fueron protagonistas de la guerra del Francés, ese enfrentamiento bélico entre España y Francia que tuvo lugar entre los años 1808 y 1814. Aquí había una atalaya que sólo era accesible a través de un puente de madera, y por eso se usó como prisión. Este promontorio, conocido como el Capolatell, era ideal: una vez llevaban a los prisioneros, retiraban la rampa y quedaban totalmente aislados. A su alrededor sólo había peñascos, sin escapatoria posible.






Actualmente se puede acceder al promontorio del Capolatell gracias a este puente fijo que, al cruzarlo, da un poco de impresión. ¡Las vistas desde aquí son espectaculares!









Hace un par de años dediqué en este blog una entrada al Santuari de Lord. Desde aquí se pueden contemplar también unas vistas preciosas. ¡Mirad el enlace y veréis qué pasada!

Ubicación geográfica


 Visita: 08/2016

* Todas las fotografías han sido tomadas por mí. Si quieres reproducir alguna de ellas, por favor, contacta conmigo a través del formulario de contacto. ¡Gracias!

Odèn, silencio absoluto en un radiante día de verano

Fue un día luminoso de verano. Un día de aquellos que permanecen siempre en la memoria. Fue un día alegre, radiante; el sol caía sobre nosotros suavemente, sin quemar. Fue un día de silencio en la montaña; solos mi tío y yo rodeados por la naturaleza, la brisa del mediodía y también un poco de arte medieval. Aún hoy puedo sentir el penetrante aroma del tomillo de aquellos campos. Nunca había experimentado nada igual: apagué el motor del coche, abrí la puerta y al bajar... el olor me invadió al instante. Es difícil de explicar la sensación de bienestar que sentí en aquel momento.

Odèn es un municipio de la comarca del Solsonès, en el Prepirineo de la Catalunya central, situado a 1291 m. de altitud. Hace ya tiempo que había pasado por sus carreteras, pero no fue hasta el verano del año pasado que paré para contemplar sus pequeños tesoros. Entre ellos, su castillo e iglesia medieval y unas montañas (que mi tío llama las montserratinas, por su semejanza con Montserrat) de perfil irregular medio escondidas en un valle. El castillo fue nuestra primera parada: declarado bien cultural de interés nacional, hoy se encuentra medio derruido. Es posible visitar su interior, de planta rectangular, aunque la maleza lo hace un poco dificultoso. En realidad, lo que más vale la pena son las vistas que ofrece, ¡inmejorables! En la parte sur de su fachada principal había incluso una iglesia, anterior a la que se construyó justo debajo de la montaña a finales del siglo X o principios del siglo XI. Esta iglesia primigenia, de la cual sólo se conserva una parte, estaba dedicada a Santa Cecilia y era de estilo románico, de una sola nave con planta rectangular. Más tarde, tras la Guerra dels Segadors en el siglo XVII, se reformó y le añadieron un nuevo anexo.



Odèn es un municipio típicamente rural con masías dispersas por las laderas de sus montañas.

Vista general del castillo de Odèn y de la iglesia de Santa Cecilia. La subida al castillo se realiza en unos cinco o diez minutos. Puede visitarse perfectamente en familia.
















Las pequeñas montañas conocidas como montserratinas son todo un espectáculo porque ofrecen a este paisaje agreste un toque singular.








Ubicación geográfica

 
Visita: 08/2016

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Elna, una gota de color y esperanza

¡He vuelto! Al menos así lo creo... He estado demasiado alejada de aquí, sin inspiración, sin falta de tiempo. Apenas he podido salir de excursión. Apenas he podido tomar fotografías. Apenas he leído libros. Tras este parón para dedicarme a un gran proyecto personal, he sentido la necesidad de volver, el deseo de recuperar la tranquilidad de antaño. Aunque la nueva rutina diaria absorbe casi todo mi tiempo, poco a poco he ido adaptándome y he vuelto a concentrarme en la lectura y en la escritura. También he recuperado mis salidas culturales. Son mucho menos frecuentes, porque sólo tengo fiesta los sábados por la tarde y los domingos (y hay que descansar y recuperarse para toda la semana), pero me llenan de energía y son totalmente gratificantes. Así que vuelvo y empiezo por una de estas salidas que hice a la localidad de Elna el año pasado con una asociación de mujeres de Arenys de Munt. Por desgracia, el tiempo que nos hizo fue horrible, porque llovió todo el día, pero si lo pienso bien... en realidad nos hizo un tiempo casi perfecto para empaparse (nada mejor dicho) de la historia que os voy a contar. Mirad. Vosotros sabéis que me interesa mucho la llamada Catalunya Nord, ese territorio que comprende el sur de Francia desde el Tratado de los Pirineos (1659). Siempre que puedo leo alguna cosa sobre el tema o voy por allí de excursión. Pues no hace demasiado, cayó en mis manos un libro escrito por la historiadora Assumpta Montellà que trataba sobre la Maternidad de Elna. No sé si conoceréis la historia de esta maternidad. Es una historia que aporta una gota de color en una espiral de tragedia. ¿Os apetece conocerla? ¡Pues seguid leyendo!



Es de todos sabido que tras la guerra civil, vino una posguerra durísima, llena de sufrimiento para el bando republicano. Muchos fueron los que tuvieron que emprender el camino del exilio; unos, intelectuales, tuvieron más suerte y pudieron refugiarse en lugares más acogedores; otros, como los protagonistas de esta historia, les esperó el frío, el suelo húmedo y terrible de una playa en invierno: la playa de Argelers. Huyeron de Catalunya agotados y tristes, pero con la mínima esperanza de obtener refugio en el sur de Francia. Lo que les esperaba allí no era un techo caliente, sino un campo de concentración. El campo de Argelers se abrió el 3 de febrero de 1939 para mantener controlados a los republicanos que huían tras saber que las tropas franquistas estaban ganando la guerra (en enero había caído Barcelona). Hasta 1941, año en que se cerró, pasaron por allí 465.000 personas. No sabían que serían tratados como prisioneros de guerra. Argelers fue el primer campo de concentración que se construyó en el Rosselló, y las infraestructuras que, demasiado deprisa se construyeron, eran pésimas: barracas en mal estado. Una alambrada espinosa rodeaba el campo, que estaba protegido y vigilado por guardianes senegaleses. Frío, hambre, prostitución, enfermedades. Los que allí se encontraban luchaban por su supervivencia.



La playa de Argelers un domingo de marzo. La lluvia y el frío de ese día nos recordaron las condiciones en las que tuvieron que vivir los refugiados. Pisar su arena es pisar una historia dura y triste.

Pero una gota de color tiñe esta trágica historia; la protagoniza una mujer, un ángel, una salvadora: Elisabeth Eidenbenz, una maestra suiza que llegó como voluntaria para ayudar a las madres que había en los campos de refugiados (tras el de Argelers, se construyeron más en Le Boulou, Saint Cyprien, Barcarès, Rivesaltes, Vernet y Bram). Algunas de las que allí se encontraban, estaban embarazadas o habían tenido recientemente a sus bebés. Evidentemente, las condiciones en las que parían en Argelers no eran adecuadas; una mujer embarazada o bien perdía a su hijo o moría ella en el parto. Elisabeth, en calidad de enfermera, luchó para mejorar las vidas de estas mujeres condenadas y consiguió transformar en maternidad un palacio cercano al campo de concentración, situado en la localidad de Elna. A día de hoy, se conoce como la Maternidad de Elna y ayudó a salvar a 597 niños y niñas. Las mujeres embarazadas que llegaban allí les parecía que habían salido del infierno: podían dormir calientes en unas habitaciones grandes con camas, estaban acompañadas y bien atendidas. La Maternidad está llena de historias personales, de adultos que dan gracias por su vida a Elisabeth Eidenbenz, una mujer que se preocupó por las desgracias de su tiempo.









Esta excursión, magníficamente guiada por Assumpta Montellà, la autora del libro La Maternidad de Elna, también nos llevó a Collioure, un pueblo costero con un gran encanto (fascinó a los fauvistas como Matisse y Derain por su gran luminosidad). A parte de sus calles tan bonitas y de su magnífico castillo templario, alberga en su cementerio la tumba del poeta Antonio Machado. Él fue uno de esos intelectuales que, huyendo de la guerra civil, murió camino del exilio; precisamente en Collioure, a los 63 años.

El palacio de la Maternidad se construyó en el año 1900 y cuando llegó Elisabeth Eidenbenz estaba casi abandonado. Lo reconstruyeron en 1939 y lo acondicionaron con la ayuda de la Cruz Roja internacional. Los suministros también procedían de esta asociación y de la ayuda humanitaria que pudieron conseguir. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, la Maternidad también acogió a madres judías que huían del régimen de Vichy y de los nazis, hasta que la gestapo la clausuró en 1944. El edificio volvió a quedar abandonado hasta que en los años '90, un artista del vidrio instaló allí su taller. Casualmente conoció lo que había pasado y, junto a uno de los niños que había nacido allí, decidió rescatar su historia. Actualmente, pertenece al Ayuntamiento de Elna, que lo acondicionó como museo dedicado a la figura de Elisabeth Eidenbenz.
















Ubicación geográfica


Visita: 03/2016

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